Rodo y la burbuja de la escuela

mini_pez_fbHabía una vez, en el mundo de aquí a la vuelta, un pececito que iba a la escuela para aprender a nadar. Como sus demás compañer@s, se movía en su patineta hidroeléctrica con motor de burbujas, al ritmo de sus audífonos y  su i-fish. La escuela le parecía muy aburrida, siempre decía a sus papás, “no quiero ir, la escuela no sirve, yo me muevo más rápido con mi patineta y aprendo más con mi i-fish”, pero sus papás le contestaban: “Rodolfo, escucha bien, nosotr@s nos complicamos mucho la vida porque no fuimos a la escuela, sabemos nadar pero más o menos y ¡no tenemos ningún título que lo pruebe! Hacemos mucho esfuerzo por tu educación, para que un día entres a la burbuja del trabajo y seas alguien en este inmenso océano. Por ahora tu única obligación es estudiar”. Rodolfo ya ni los escuchaba.
Un día, casi llegando a la escuela, Rodo chocó con una pececita japonesa roja muy hermosa; era tan bella que el mar a su alrededor se volvía color violeta y se llenaba de estrellas fugaces. Él se enamoró al instante y sin pensarlo mucho la siguió entre corales azules y burbujas de colores.  Lástima que no llegó muy lejos, porque su patineta no tenía más burbujas para avanzar. Y estaba ahí parado en medio de la nada, cuando de repente, la pececita apareció de frente: “Qué pez tan tonto que no quiere nadar”, le dijo moviéndose rápido antes de volver a desaparecer.
Esa noche Rodo tuvo un sueño más colorido que la realidad: soñó que estaba llorando por no poder seguir a la pececita roja, cuando  de pronto sintió un remolino rodeándolo cada vez más fuerte. Abrió bien los ojos y se encontró frente a él; era el pez más grande y brillante que había visto o imaginado.  Sus escamas como  anillos de oro reflejaban todos los colores del océano.  Con los ojos medio cerrados y una voz tan dulce que hacia vibrar todo del mar, le dijo: “Déjate fluir por el río de la vida. Lo que serás yo lo eres.”
Al día siguiente, de camino a la escuela, Rodo decidió cambiar de ruta para ir a buscar a la linda pececita. La encontró bordando estrellas rojas sobre unas algas marinas de allá abajo. Al verlo ella quiso escapar de nuevo pero él la encontró rápido, y así estuvieron un rato jugando a las escondidas y a los encantados. Hasta que Rodo escuchó a lo lejos el timbre de su escuela sonar.  Entonces la pececita le dijo “Quédate, te presentaré unos amigos y tarde o temprano aprenderás a nadar”. Ese día Rodo no fue a la escuela, pero encontró much@s animales marinos dispuestos a ser sus maestr@s: el cangrejo zapatero, la almeja arquitecta, las tortugas arqueólogas, los caballitos todólogos, etcétera… Pero sobre todo Rodo se hizo inseparable de Luz, la pececita roja.
Poco a poco fue aprendiendo a nadar y fue dejando la patineta a un lado. Un día le contó a su maestra que tenía una amiga muy lista que no iba a la escuela, que nadaba muy rápido, y que sabía hacer muchas cosas “¿cómo?, pobre pececita, se volverá burrita” le dijo, y tod@s en el salón se rieron. La maestra lo trató de convencer que aunque supiera nadar o hacer cosas nunca tendría un título para trabajar o nunca podría saber la fórmula química del agua o los nombres científicos de las plantas marinas o todas esas cosas importantes que enseñan en la burbuja escolar. Todo eso, a Rodo le parecía inútil, él ya sabía nadar y no lo había aprendido en la escuela.
Una tarde muy mojada, llegó una carta a la casa de los papás de Rodo que decía: “Rodolfo Martínez García, ha tenido una asistencia bastante irregular a la escuela en los últimos días y ha acumulado un total de 45 faltas. Los días que viene a la escuela llega tarde y está muy distraído, blablablá, glugluglu”. Todo esto a sus padres no les gustó nadita y discutieron muy fuerte con él:
Papás – Y dónde se supone que andas si no vas a la escuela, ¡vago irresponsable! ¿Para eso te pago los estudios y ahorro para tu universidad?
Rodo – Pero, pero déjame explicarte. La escuela me aburre, no me enseñan nada, mis compañeros de clase todavía ni saben nadar. ¡Yo ya aprendí! Y también sé construir algunas cosas, mira: hice este molino de agua, ¡yo lo hice!
Sus padres no aceptaron que no fuera a la escuela y lo corrieron de la casa. Rodolfo siguió aprendiendo por su cuenta, sin perder la esperanza de que algún día lo comprendieran. Cada vez que aprendía o construía algo nuevo, les mandaba fotos por su i-fish a sus padres. Ell@s  estaban asombrados de los cambios que iba teniendo, tanto que aunque al principio estaban muy enojad@s, poco a poco fueron aceptando que aprendiera en otros lugares, con peces distint@s a l@s de la burbuja de la escuela. Aprendía a hablar japonés, a construir casas con arena y conchitas, a practicar yoga, a hacer filtros de aguas jabonosas, a hacer videos acuáticos…  puras cosas que le gustaban y le servían para su vida marina. Después de un tiempo sus papás estaban muy contentos de verlo contento.
Tiempo después, la pececita y el pececito se juntaron y tuvieron muchos pececitos. Fueron muy felices por mucho tiempo, aprendiendo, viajando y conociendo la vida de otros mares. Aprendieron de los caballitos de mar nuevas técnicas para sembrar; los corales laguna de cristal les ensañaron a tocar música con caracoles, de las tortugas milenarias aprendieron a escuchar las necesidades del corazón… en fin y al fin, su vida era como un viaje infinito, libre, lúdico, alucinante.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s