el lobito vegetariano

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MA025

Había una vez, en el mundo de aquí a la vuelta, un lobito medio raro. Cuando era muy niño admiraba a la liebre que no le importaba ganar, al león que no le preocupaba ser el mejor, al gato que cuidaba a sus hijos y a las gallinas que intentaban volar. Veía con otros ojos lo que debería aprender a masticar; y aunque era muy fuerte como los demás lobos de la manada, era incapaz de matar. No comprendía que por ser lobo tuviera que dominar sobre otros animales sólo por ser más pequeños o más débiles o menos astutos. Aahh y tampoco podía verse al espejo porque se daba miedo.

Una de esas noches que pasaba con mucha hambre por no haber querido comer nada, su tripa se armó de valor y le dijo muy quedito: “tu fuerza es tu debilidad”, o ¿tu debilidad es tu fuerza?, quién sabe, como sea no había entendido ni papa.

Cargando sólo sus ojos azules, una tarde cualquiera, se apartó de la manada y empezó a recorrer el sur del universo, ¿buscando qué? Algo que le ayudara a comprender su reflejo. Recorrió kilómetros y kilómetros de lo que le pareció lo mismo, hasta que tropezó con un banquete muy extraño: fideos de colores alucinantes, berenjenas danzantes, sopa de vegetales musicales y ensalada de frutas con cereales. ¡Qué espectáculo tan raro! ¡Siento que me aúlla la panza! Se veía todo tan antojable que sin detenerse a pensar mucho comenzó a tragarse todo. 

Después de un rato, llegó un batallón muy peculiar, “somos la cooperativa de animales vegetarianos autónomos (CAVA)”, se presentaron con él y le contaron que como lo habían visto solito por ahí retorciéndose de hambre, decidieron armarle un festín de su propio huerto. El pequeño lobo que siempre se había topado con prejuicios sobre él y sus parientes, sobre todo después de que la caperucita roja se hiciera famosa, no podía creer que alguien le hubiera organizado una fiesta de sabores.

Nuestro amigo no entendía todo lo que escuchaba y veía en ese lugar tan distinto: tigres comiendo zanahorias, osos contando historias vegetarianas, leonas defendiendo su territorio y su cosecha… todo le parecía más loco que uno de sus mejores sueños. Se quedó ahí unos días, aprendiendo las más exquisitas historias y comiendo los más aguerridos banquetes; era una victoria sobrevivir de frutas y verduras en aquel mundo construido para que la única opción para comer fuera carne.

Una de esas noches raras, un viejo lobo de la cooperativa se le acercó, como era de esperarse, se asustó mucho al ver su reflejo caminando directo hacia él. Tembló de miedo y no pudo moverse, la adrenalina lo dejó realmente congelado. “Te han dicho que el hombre es el lobo del hombre”, le dijo con acento cubano y una enorme carcajada. “Te han dicho que tus dientes son hechos para morder carne y que la carne es necesaria para crecer, jajajaja; te han dicho que así es la vida y que no hay nada qué hacer, jajajajaja. Puros cuentos hermano, puros cuentos. Quieren encerrarnos en sus propios límites mentales; pero aquí seguimos estos, no te preocupes, estamos locos”. “Aaauuuuuuuuuuuuu”, cantaron los dos en coro. Llegaron l@s gorilas con los tambores y se armó tremenda fiesta a la luz de la luna.

Desde esos días, el lobito nunca más rechazó su reflejo, conoció distintas maneras de vivir y comer, aprendió haciendo y cuestionando todo aquello que le habían dicho que “así tiene que ser”. Vivió luchando pa ser feliz, cantando, caminando, descubriendo…

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